sábado, 29 de mayo de 2010

El sur también escribe


La pobreza me sigue como un estigma ateo y cabrón. Con las licencias que otorgan los listados lexicogramáticos del tiempo de Covarrubias, tiempo en parte robado a Fray Servando de Mier, elaboro una reprobable lista de exabruptos y soeces onomas, contra la esclavitud del dólar, la mansedumbre de las ferias de la palabra en clave iPad, grupoprisa, y toda suerte de repertorios y nomenclaturas, brindadas al periodismo lacayo, por el señor Bill Gates y sus listados de sinónimos autómatas. Si ya era difícil alargar la mano a los anaqueles y desempolvar un lexicón, para pasar las páginas que nadie observa ya, a cambio de un lastre de teclas sintéticas, me quedo con el insulto registrado en entrada y anotado en cronologías increíbles. Recuerdo, no sin cierto dolor de gafas, aquellas entradas de la Real Academia de la lengua patria y colonialista, en que sin ningún atisbo de vergüenza ni el más mínimo rubor, las majestades catedralicias -de cátedras abonadas con facherío descarado, mayúsculo o minúsculo- recogían palabras a las que por falta de estudio, de ingenio o de imaginación se les otorga origen incierto y los señores académicos se tumbaban en sus poltronas geriátricas panchamente, llamando meridional o campero o iletrado iluso, al que no abonaba la diferencia de estirpe en la compra de sus manuales de los tiempos de Paquito Franco. Y uno, que por aquellos tiempos buscaba literatura marielita y desarraigada, caía en la marejadilla de textos hispanoamericanos o latinoamericanos, de venta en gasolineras de paso. El autor que bebe del abismo y espera que los relojes giren hacia atrás, llamando literatura a lo que brindan las multinacionales del microchip, terminará siendo él mismo memoria RAM fungible y virtual de las cifras del mercado. Y lamentablemente su obra, literatura al peso. Viva Reinaldo.

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